lunes, 15 de junio de 2009

DESARROLLO SUSTENTABLE (ADRIANA ELOISA TRINIDAD RAMIREZ)

DESARROLLO SUSTENTABLE



William K. Reilly, ex Administrador de la EPA (Agencia de Protección ambiental de los Estados Unidos), reflejaba tal situación en un discurso en el Instituto Smithisoniano en Enero de 1990, con un cierto estupor decía: “… pero ahora escuchamos

Algo totalmente diferente del mensaje que frecuente e insistentemente, a veces irritantemente, se daba a final de los años 70: que no podemos hacernos cargo económicamente de la protección ambiental, que no podemos pagar por los bienes ambientales que en virtualmente cualquier encuesta pública la gente indica querer apasionadamente.

Escuchamos hoy en día que no podemos, por lo contrario, sostener el crecimiento económico sin un medio ambiente sano, ni un medio ambiente sano sin una economía sana que genere los recursos para pagar por nuestras obligaciones pendientes de limpiar el legado del pasado y controlar la polución futura”.

Más allá de la singularidad de la concepción ambiental de Reilly, centrada en la necesidad de sostener el crecimiento económico, su declaración ilustra el “giro ambiental”, localizándolo sobre el fin de los años setenta.

En la década del noventa, Argentina incorpora esta preocupación en la nueva constitución nacional por medio de los artículos 41 y 42. El primero de ellos reza: “Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer a las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo.

El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales.

Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias las necesarias para complementarlas, sin que aquellas alteren las jurisdicciones locales. Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos.”

Nuestra constitución centra la idea de sustentabilidad en tres pilares que desde el mundo desarrollado se han propiciado:

1) el efecto de las actividades del presente en el futuro,

2) la importancia de mantener los procesos ecológicos y

3) los beneficios de mejorar la calidad de vida hoy sin negarle a la s generaciones futuras la oportunidad de hacerlo.



Hace hincapié, no obstante, en un punto acertado y clave: la noción de desarrollo sustentable gira primero alrededor del desarrollo humano, antes que el desarrollo de las “actividades productivas”.

Por su parte, la definición clásica de sustentabilidad del informe Brundtland afirma que “El Desarrollo Sustentable es el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la habilidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”, mostrando una conveniente ambigüedad en la especificación de qué tipo de desarrollo se trata.

Sobre esta base, los diversos factores de poder han realizado modificaciones en la definición de sustentabilidad, según los intereses de los que se trate.

Citemos por ejemplo a William D. Ruckelhaus, ex Administrador de la EPA , (Scientific American, Sep. 1989): “Sustentabilidad es la doctrina naciente que afirma que el crecimiento económico y el desarrollo deben tener un lugar y ser mantenidos a lo largo del tiempo dentro de los límites dados por la ecología en el sentido más amplio – por la interrelación entre los seres humanos y sus actividades, la biosfera, y las leyes físicas y químicas que lo gobiernan.

La doctrina de la sustentabilidad también dice que la difusión de un nivel razonable de prosperidad y seguridad a las naciones menos desarrolladas es esencial para la protección del balance ecológico y por lo tanto esencial para la continuación de la prosperidad de las naciones ricas. Por lo tanto la protección ambiental y el desarrollo económico son procesos complementarios y no antagónicos.”

La preocupación se centra entonces en el crecimiento y desarrollo económico junto con la necesidad, no basada precisamente en la abnegación, de permitir un crecimiento económico a los países más desaventajados como condición para mantener el propio.



Por su parte la ONUDI (Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial), se adapta a la definición de “Desarrollo Industrial Ecológicamente Sostenible” como “Aquel desarrollo que se produce en estructuras de industrialización que aumentan la contribución de la industria a las ventajas económicas y sociales de la generación presente y las generaciones futuras sin poner en peligro los procesos ecológicos fundamentales.” Acá la noción, no cabe esperar otra cosa, se centra en el desarrollo industrial.

Enrique Leff (Ecología y Capital), propicia la idea de que el discurso del desarrollo sustentable busca “generar un consenso y una solidaridad internacional en los problemas ambientales globales, borrando los intereses opuestos de las naciones y grupos sociales, en relación con el usufructo y manejo de recursos naturales para el beneficio de las poblaciones mayoritarias y los grupos marginados de la sociedad”, es decir ve esta noción como un medio para el olvido de las contradicciones de clase.

La existencia de esta multiplicidad de versiones se pone de manifiesto claramente también en la lectura de la célebre “Agenda XXI”, interesante documento cuyo carácter ecléctico y contradictorio salta a la vista aún para el observador menos atento.

No hay pues, una “definición” de Desarrollo Sustentable, sino más bien una variedad de concepciones cuyo fundamento responde a ideologías e intereses diversos.

Cabe sólo pues, la reflexión sobre esta diversidad y la toma de una decisión personal sobre los fundamentos de base de la cuestión, la interrogación a nosotros mismos sobre nuestra concepción del mundo y de los valores sobre los que fundamos nuestras acciones, para poder adscribir a un modo de pensar, evitándonos el engaño, o bien desarrollar un punto de vista propio a partir de nuestro fundamento ético.

Sólo a partir de esto podremos aventurarnos responsablemente a obrar y participar en pos de nuestras convicciones sobre qué es y cómo se alcanza un mundo más justo.

La Evaluación del Impacto Ambiental (EIA) es un procedimiento jurídico-administrativo de recogida de información, análisis y predicción destinado a anticipar, corregir y prevenir los posibles efectos directos e indirectos que la ejecución de una determinada obra o proyecto causa sobre el medio ambiente. Permitiendo a la Administración adoptar las medidas adecuadas a su protección.

La Evaluación de Impacto Ambiental valorará los efectos directos e indirectos de cada propuesta de actuación sobre la población humana, la fauna, la flora, la gea, el suelo, el aire, el agua, el clima, el paisaje y la estructura y función de los ecosistemas previsiblemente afectados.

Asimismo comprenderá la estimación de los efectos sobre los bienes materiales, el patrimonio cultural, las relaciones sociales y las condiciones de sosiego público, tales como ruidos, vibraciones, olores y emisiones luminosas, y la de cualquier otra incidencia ambiental relevante derivada del desarrollo de la actuación.

Uno de los principios básicos que desde hace décadas está contenido en las políticas ambientales más avanzadas es el de la prevención, que trata de evitar, con anterioridad a su producción, la contaminación o los daños ecológicos, más que combatir posteriormente sus efectos.

En este marco, la Directiva Europea , relativa a la evaluación de las repercusiones de determinados proyectos públicos y privados sobre el medio ambiente, representa el instrumento jurídico que mejor respuesta a esta necesidad de prevencion.

La biodiversidad se pierde debido al deterioro y fragmentación de los hábitats, a la introducción de especies, la explotación excesiva de plantas, animales y peces, la contaminación, el cambio climático, la agricultura (reducción de las variedades empleadas, plaguicidas) y repoblaciones forestales con monocultivos de rápido crecimiento.



Las especies inventariadas alcanzan la cifra de 1.750.000, pero algunos autores señalan que probablemente superen los 111 millones de especies, aunque la cifra media hoy se estima en 13.620.000 especies, según la biblia de la biodiversidad, el Global Biodiversity Assessment, informe de 1.140 páginas publicado en inglés por el PNUMA. Pero lo único seguro es que nadie sabe cuántas especies existen.

Entre las especies ya descritas hay 270.000 plantas, 4.300 mamíferos, 9.700 aves, 6.300 reptiles, 4.200 anfibios, 19.000 peces, 72.000 hongos (se cree que el número de especies debe superar el 1,5 millones), 1.085.000 artrópodos (950.000 insectos descritos, aunque el número de especies debe ser superior a 8 millones), 5.000 virus y otras 4.000 bacterias (una ínfima parte de los más de 400.000 virus y 1 millón de bacterias que se cree que existen).

Los bosques tropicales, que sólo cubren el 7 por ciento de las tierras emergidas, albergan entre el 50% y el 90% del total de las especies. El promedio de extinción era de una especie de mamíferos cada 400 años y de una especie de aves cada 200 años, pero las extinciones documentadas en los últimos 400 años indican que han desaparecido 58 especies de mamíferos y 115 de aves.

La destrucción del hábitat es la mayor amenaza actual para la biodiversidad. Un estudio de Conservation International mostró que el 23,9% de los sistemas biogeográficos de la Tierra han sido completamente transformados por el hombre (el 36,3% si se excluyen las superficies heladas, de roca y los desiertos), el 24,2% parcialmente y sólo quedan bien conservados el 51,9%, cifra que se reduce a sólo el 27% si se exceptúan las superficies estériles. Sólo quedan sin transformar el 51,9% de las tierras emergidas, aproximadamente 90 millones de km2. Las áreas parcialmente transformadas por las actividades humanas son 41 millones de km2 (24,2% de las tierras emergidas), y las áreas totalmente transformadas por el hombre superan los 40 millones en km2, un 23,9% del total de las tierras emergidas.



OPINION:

El desarrollo sustentable deberia de ser apoyado por todas las personas que habitan este planeta ya que si dañamos el planeta es como si apostaramos nuestra vida futura en este, y hasta estariamos atentando con la vida de las personas que queremos.

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